Este ha sido y será uno de los capítulos más bonitos de mi camino, el momento exacto que dio inicio a todo un año de redescubrimiento, de volver a reconectar con la vida, conmigo misma y con la magia del universo.
Por años, había estado desconectada de cualquier concepto de religión o espiritualidad. Sin embargo, siempre consideré como fortaleza el hecho de actuar sobre esos “impulsos” o sentimientos profundos que llegan en ciertos momentos de la vida. Así comenzó mi viaje a Hawaii. Después de dos conversaciones aisladas en las que este destino fue sugerido por amigos y familiares, dije: “Va, Hawaii será”.
Empezó entonces un viaje de dos meses donde trabajaría desde las 3 a.m. hasta las 11 a.m., y luego viviría. Tendría ocho horas más al día para conectar con personas maravillosas, descubrir la isla, hacer viajes increíbles y simplemente disfrutar.
Casi al finalizar mi viaje, acompañada de un grupo de amigos, viajé a Kauai, una tierra ancestral conocida por sus impresionantes paisajes naturales y cascadas majestuosas que evocan una conexión profunda con la herencia cultural hawaiana. Teníamos altas expectativas, y Kauai no nos decepcionó.
Llegamos a la única casa disponible para esas fechas: un lugar hermoso rodeado de verde y jardines, el sitio perfecto para ver las estrellas y relajarse. ¿Cómo podría alguien sentir algo diferente a la felicidad allí? Pero al llegar, ya caída la noche, sentí miedo. No entendía por qué. Mientras tomaba un baño, apareció la sensación de estar siendo observada. Extraño… ¿cómo podía sentir miedo en un lugar así? Estaba con ocho amigos, riendo afuera y compartiendo historias, pero ese sentimiento no parecía disiparse. Antes de dormir, aunque no era religiosa ni particularmente creyente, recé para sentir paz y poder conciliar el sueño.

A la mañana siguiente, salí al jardín y vi unas estructuras a los lados de una escalera que me recordaron a Bali. En ese momento sentí que debía meditar allí, como si el lugar me llamara… Así lo hice, simplemente sentándome en silencio profundo y haciéndome consciente de mi respiración. Fueron unos 15 minutos en los que nada extraño o fuera de lo normal ocurrió, pero aquella noche nos acostamos todos en el jardín a ver las estrellas, y dormí con una paz incomparable.
A la mañana siguiente me desperté con fiebre y una fuerte sensación de malestar en todo el cuerpo. No podia comer, mi estómago no me lo hubiera agradecido. Así pasaría los siguientes cinco días.
Varios meses después, la claridad de que todo había comenzado allí me llegó mientras escuchaba música, sentada en mi sofá, como un déjà vu. En un instante entendí que ese lugar, ese momento, había sido el catalizador de mi experiencia. Al volver a ver las fotos, que me habían capturado completamente, me di cuenta de que justo en el lugar donde medité había una estatua de la diosa Ganesha, una de las deidades más populares del hinduismo, conocida por su cabeza de elefante, su cuerpo humano, y por ser el dios de la sabiduría, la inteligencia y la eliminación de obstáculos.

Desde entonces, mi intuición se amplificó, la ansiedad que solía sentir pareció desvanecerse por completo. Ese momento, al conectarme con la energía de la isla, marcó un antes y un después: un “detox” espiritual que se reflejó también en esos síntomas físicos sin explicación aparente. Desde entonces, agradezco cada paso en el que la vida me ha guiado y la capacidad única que tiene el universo de ponernos en el camino correcto.


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