Volví a casa después de dos meses en Hawaii. Una experiencia tan increíble que solo puedo describirla como un viaje lleno de magia y propósito.
Al regresar a Miami, alguien me dijo: “Llegaste como mística”.
En ese momento apenas empezaba a intuir lo que esa palabra podría llegar a significar para mí, así que pensé: “No creo haber regresado más mística, pero sí me siento más conectada conmigo misma y con el poder del universo”. Hoy, al recordarlo, suena bastante cercano a la definición de misticismo, ¿verdad?

En aquel entonces, veía más claro que nunca que podía atraer a mi vida lo que merecía, que ayudar a personas a sentirse tranquilas y a ver su luz, como yo lo necesité, me llenaba de alegría, y el hallazgo más importante de todos: ¡me quería! Qué hallazgo tan difícil: quererme. Empecé a entender progresivamente que la ansiedad no era mi identidad, sino una capa protectora que me desconectaba de quién de verdad soy y quién quiero ser.
En retrospectiva, no tenía claridad sobre cuáles serían mis siguientes pasos, pero sabía que, tal como ocurrió en Hawaii, la claridad llegaría en el momento correcto y que sabría aprovecharla.


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