En el camino nos damos cuenta de que la espiritualidad no se trata solo de vestirse de cierto modo, meditar o ir a retiros; hay un lado más crudo y real: el crecimiento personal. Llevar la meditación y la introspección al día a día, de manera que nos permitan crecer y liberar cargas.

Tras volver de mi viaje comencé a reflexionar sobre mis inseguridades, especialmente en mis relaciones con personas menos expresivas. De esa reflexión nació un nuevo mantra:

«Puedo dejar que las personas sean quienes son, sin convertirlo en quien yo soy».

Empecé a comprender la importancia de dejar a la gente ser, de permitirme a mí misma ser y mostrarme vulnerable. La vulnerabilidad, una palabra que se sentía apabullante en ese momento. ¿Por qué querría que otros vieran mis debilidades? ¿Por qué dejaría una puerta abierta a mi mundo interno si puedo mostrarles solo mi lado fuerte? Sin embargo, esa pared, con tan solo escribirlo, empezaría a derribarse poco a poco.

Finalmente, entendí que no podemos internalizar los estados de ánimo o las formas de ser de otras personas, y pedí a mis guías la fortaleza para soltar y dejar ir estas inseguridades que ya no me pertenecían.

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